jueves, 12 de febrero de 2009

INDICE

lo que mora en el mar, Espuma negra
lo que mora en el espacio, Vampirs
lo que mora en el bosque, Brujos

espuma negra, lo que mora en el mar

Una de las tantas tardes en que salí a caminar por el muelle, me dediqué a observar la actividad de los pescadores. Se repartían en grupos de trabajo, alineados cada cual junto a las barcas pesqueras, realizando los preparativos para la pesca del día siguiente. Enseguida me llamo la atención una chica en particular. Era una joven morocha, muy menuda y que a la distancia parecía tener un rostro muy hermoso. Se encontraba trabajando junto a uno de los tantos grupos de pescadores. La soledad guía nuestros profundos instintos. Tracé entonces una estrategia simple, y apliqué una táctica poco original pero practica. Para tener éxito en cualquier plan, es clave tener bien claro la diferencia entre ambas. La estrategia responde a la pregunta de qué debe hacerse. La táctica responde a la pregunta de cómo hacerlo. Me acerqué hasta el sitio donde estaban armando las líneas de pesca con la excusa de hacer algunas preguntas sobre la actividad, y de paso poder mirarla con más detalle. Llegué a estar prácticamente a su lado y pude contemplar su rostro con mucho más detenimiento. No me había equivocado respecto a su belleza. Sus ojos eran grises y ligeramente rasgados, lo que le daba un leve toque oriental a su mirada. Confieso que me conmocionó, no tanto por su belleza sino por su exótica sensualidad. Mientras escuchaba sin prestar atención a las explicaciones que uno de los pescadores me daba sobre el tipo de carnada que usaban, recorría el cuerpo de la muchacha con disimulo y entusiasmo. Pero cuando mi mirada llego hasta sus pies descalzos no pude evitar un ligero sobresalto. Dirán que soy maniático, lo reconozco; pero, ¿quién no lo es? Todos tenemos manías y obsesiones, y el que no lo admita, miente. Cada uno en la intimidad lo reconoce, pero pocos tienen la valentía de admitirlo públicamente. Tengo una aprensión especial con respecto a la forma de los dedos de las manos y de los pies, y esos dedos me causaron profunda repulsión. Lo primero, y no por obvio menos importante, verificar que la cantidad sea la correcta. Segundo, ningún dedo debe exceder la longitud del compañero, de manera de asegurar la simetría en la pendiente que va desde el dedo gordo hasta el meñique. Hasta aquí todo iba bien, aunque el largo de los dedos era ligeramente desproporcionado con respecto al tamaño del pie. Pero había algo más. Un ligero movimiento de sus piernas me permitió advertir algo de lo cual no podía dar crédito a mis sentidos. Aquellos no eran pies normales. Tuve la impresión de que aquellos eran dedos palmeados, dado que creí verlos unidos entre sí por una membrana interdigital. Habría visto bien? No tuve oportunidad de verificarlo. Quizás apercibidos por mi cara de sorpresa, la muchacha fue rápidamente rodeada por otros compañeros y alejada de aquel lugar, a la vez que mi interlocutor se excusaba por terminar abruptamente nuestra conversación. Me aleje de aquel lugar entre dudas y cavilaciones, recordando los relatos del anciano Zadok Allen sobre los míticos habitantes de Innsmouth, los profundos, seres híbridos mitad humanos mitad peces, adoradores de un culto aberrante. Nunca había creído posible su existencia. Pero mis lecturas de Leibniz me enseñaron que hay otro estado entre lo posible y lo imposible. El plus de realidad que tienen las cosas posibles le son conferidas por el principio de composibilidad. No podemos pensar, por ejemplo, en la existencia de un círculo cuadrado sin entrar en contradicción, pero en cambio sí podemos pensar en un centauro o en una sirena, aunque no existan realmente. Y si algo puede ser pensando y no es contradictorio, al menos tiene una posibilidad abstracta de existencia, es posible. Lo que pasa además es que esto se debe aplicar teniendo en cuenta que nosotros no conocemos todo en el mundo, no conocemos más que muy parcialmente el mundo. Quién puede estar seguro entonces que cosas que pensamos posibles pueden también en algún momento llegar a ser composibles? Este solo pensamiento me infundió una profunda sensación de temor.


miércoles, 11 de febrero de 2009

brujos, lo que mora en el bosque

El mito de la bruja hechicera que vivía para rendir homenaje al demonio en lo profundo del bosque, estaba instalado desde siempre en el subconsciente de cada uno de los sufridos habitantes, y ninguno dudó un instante cuando todos se propusieron intentar terminar con aquello que entendían era la causa del horror vivido.
En los alrededores de la casa, una lejana e inquietante melodía de flautas, comenzaba a confundirse con los aullidos del viento agitando afanosamente las copas de los árboles. Un mundo ajeno a nuestra existencia terrenal, tomaba forma en cada sombra danzante bajo la tenue luz de la Luna, y un creciente murmullo de voces sobrehumanas resonaba desde las sórdidas profundidades de la tierra como un espectral coro diabólico. Solo el aullar frenético de los lobos, desafiaba aquella satánica atmósfera de ultratumba.
Una a una, las páginas del maldito libro servían de guía para recitar las invocaciones elegidas. Las añejas manos, de esqueléticos dedos alargados, deslizaban sus afiladas y mugrosas uñas delineando el contorno de cada uno de los misteriosos símbolos. Una voz sumamente grave y guturalmente espectral, brotaba por entre la gran capucha negra que cubría casi todo el rostro de la milenaria bruja.
Con cansina monotonía recitaba una y otra vez los cánticos que daban forma a un rito que, necesariamente, debía volver a repetir cada quinientos años.
En ocasiones, agregaba algún oscuro polvillo o realizaba algún extraño ademán sobre el hirviente y espeso potaje del caldero, con extremada meticulosidad, como siguiendo alguna precisa instrucción proveniente de algún exigente recetario de cocina. Por entre aquellos pestilentes borbotones, asomaban y se sumergían inconfundibles restos humanos, espantosamente ennegrecidos por efecto de
la inevitable putrefacción.

Vampirs - Prologo -

El vampirus no es el clásico vampiro de las leyendas y cuentos de terror.
Ni el sol, ni el ajo, ni los crucifijos le hacen daño, y los espejos reflejan su rostro perfectamente. Las balas de plata y las estacas en el corazón lo hieren mortalmente como a cualquier vulgar ser humano. No vive en castillos medievales, ni duerme encerrado en ataúdes.
No se trata de un ser sobrenatural, sino solo de un ser humano infectado.
El responsable es un virus proveniente del espacio exterior, producido por los hongos aberrantes que solo crecen en el remoto y diminuto planeta Yughott, conocido vulgarmente como Plutón, descubierto en 1930 por el astrónomo estadounidense Clyde William Tombaugh; fruto de controversias durante mucho tiempo por la comunidad científica, es considerado desde el año 2006 como un planeta enano o plutoide, dado que no cumple con la condición de “despejar el entorno de su órbita”.
Estos fungis, gigantescos como volcanes generan y expulsan cada eones nubes de millones de esporas que, expulsadas de su atmosfera, viajan a la deriva por el espacio interestelar.
Desde épocas remotas nuestra atmosfera nos ha protegido, pero en la actualidad los proliferación de agujeros en la capa de ozono se han convertido en fatídicos umbrales de entrada del virus.
Sin embargo, ocasionalmente se han producido también otro tipo de contagios. Ciertas criaturas espaciales infectadas, también pueden ser transmisoras activas del mismo virus. A estas aberraciones aladas también se les denomina genéricamente vampirus.
Esta modalidad de contagio, si bien tiene las mismas consecuencias, es ciertamente mucho más cruenta y aberrante, y en ocasiones conlleva la muerte por disecación del infectado.
Los vampirus no son inmortales, pero el virus les confiere inmunidad y su organismo tiene la capacidad de regenerar tejidos y células dañadas a gran velocidad, lo que repercute en un incremento notable de su longevidad. Sin embargo, estos beneficios solo se mantienen a cambio de una estricta y continúa dieta de sangre humana. Sin sangre nueva, el infectado va muriendo y consumiéndose de a poco.
En esta sintomatología es donde vampiros y vampirus coinciden perfectamente.